Bastante a menudo pienso en cómo será que nuestros seres queridos que quedaron allá se imaginan nuestra vida, nuestro día a día, nuestras actividades, nuestro pasar.
De seguro habrá quien cree que la pasamos muy bien, viviendo con todas las comodidades del primer mundo, casi sin trabajar, sin aflicciones, sin preocupaciones, olvidándonos de a poco de nuestro país, de los amigos y de la propia historia.
También habrá de los que por el contrario, pensarán que a los migrantes nos va siempre mal, enfrentados al racismo y a la discriminación de los locales, trabajando en labores subcalificadas o por salarios menores a los que corresponden a la formación de uno, extrañando a toda la gente que no podemos ver o abrazar, y todas las cosas que no podemos disfrutar: comida, lugares, fiestas, etc.
Y de seguro, deben ser mayoría (al menos eso espero!) los que piensen que la verdad es una mezcla de un poco (sólo un poco) de ambos extremos con todos los matices intermedios mezclados en variable proporción.
La verdad es más parecida a la última opción.

Pero lo que debe ser difícil imaginar para ellos es lo que se siente que pasen cosas irremediables cuando uno no puede ir y estar presente. Cuando el sacrificio por lograr el sueño de una vida mejor, incluye el negarse a uno mismo el estar ahí para despedirse de los seres queridos que se van. Cuando uno tiene que aceptar que aquella despedida que nos hicieran en la casa o en el aeropuerto, fue en efecto la última vez que vimos y abrazamos a alguien. Eso es duro, durísimo, y triste, y doloroso...
Pero la vida sigue, esas eran las condiciones del juego desde el principio, lo sabíamos, aunque no sabíamos de quien nos despedíamos en forma definitiva, eso no.
Esta semana dijimos adiós a un familiar muy cercano en afectos, las lágrimas que derramamos no alcanzaron para refrescar el ardor de la distancia, pero al menos nos queda la satisfacción de saber que durante el tiempo que compartimos físicamente, él sabía bien que era el recipiendario de todo el cariño y la gratitud de hijo que Vic especialmente le tenía, y con Vic toda nuestra familia.
Nosotros seguimos haciendo lo que hacemos, seguimos viviendo, alzamos el dolor a hombros y avanzamos, porque la vida es eso, vivir!
Llovía torrencialmente cuando llegamos
Y en su homenaje, festejamos con alegría la llegada oficial de la carta de admisión de Vic a la facultad de la profesión que justamente él ejercía.
Y celebramos la vida de un hombre apasionado por los deportes, especialmente del fútbol, disfrutando de los encuentros del equipo de Coaticook - Compton con victorias emocionantes y bonitas como la de ayer a pesar de la lluvia torrencial, con los 5 goles que le pusieron al equipo de Windsor sin haber recibido ni uno!
Vic preparadísimo para jugar a pesar de la lluvia, que afortunadamente iba amainando

La barra de la hinchada, compuesta por las familias de los jugadores, gritamos hasta quedar afónicos, aplaudimos a los jugadores, protestamos las faltas y compartimos una emoción que finalmente sirve para fortalecer lazos con los nuevos amigos.
Contrariamente a lo que se imaginen algunos, no nos olvidamos de los seres queridos, los extrañamos, los buscamos y los sentimos en las caras sonrientes de los amigos que hoy nos abrazan para festejar un gol. Y vemos a la sobrinita preferida en los ojos inocentes de una niña bella, alegre y de la misma edad que hoy corre con todo el cariño del mundo para abrazarnos cuando llegamos. Y ese cariño es sincero, las amistades también.

La vida sigue...