... y reinventarse en Sherbrooke

domingo, 11 de septiembre de 2011

Distancia.

Hacen veinticinco años y ocho mil kilómetros.
Un viejecito tumbado sobre su costado en un catre apenas cubierto de un residuo de espuma al que algún bromista apodó "colchón" y sin fuerzas para espantar a la nube de moscas que paseaban tranquilamente sus patas y zumbidos sobre su cara, sus labios, sus ojos...
Uno más del montón, claro, del montonazo de viejecitos y viejecitas que pasaban sus días esperando morir en el abandonado "cuidado" de aquel tugurio al que llamaban "Hogar de Ancianos"...
Corrían aun los tiempos cuando pertenecer a un grupo activista religioso era políticamente considerado sinónimo de ser comunista, aunque comunismo y religión fueran en realidad antónimos, y aunque sólo fuéramos un grupo de adolescentes buscando hacer obras que nos permitieran "ganar el cielo" según la definición católica del mismo, pero eso es otra historia.
Lo cierto es que aquella era la primera vez que, con 15 años, entraba a ese recinto y que el olor a muerte, orina, heces y suciedad picaba en mi nariz, mezclándose en mi cerebro aturdido con el zumbido de moscas y con los ayes de los ancianos, que llegaban a mis oídos...
Desde ese momento tuve conciencia de lo que significaba envejecer en soledad en un país como el mío.
Ese hogar de ancianos aun existe, aunque ha cambiado de entidad administradora y han mejorado las condiciones de vida de sus inquilinos, pero no puedo decir si en que proporción ha ocurrido lo mismo con el presupuesto que recibe del estado, porque lo ignoro.
Con los años, en el ejercicio profesional me ha tocado ver toda suerte de ancianidades: desde los viejitos paquetos, galantes, bien perfumados y las señoras emperifolladas como acabando de salir del salón de belleza hasta los abandonados calamitosos y con llagas que llegaban al hospital de los pobres, el hospital de la Universidad. En todos los casos, la realidad era mas o menos la misma: el Estado ausente de la suerte, presente y porvenir de todos ellos. Dependientes todos de la presencia o ausencia de una familia pródiga y amorosa que determinara a cual de los grupos pertenecía el paciente...

Veinticinco años y ocho mil kilómetros de distancia.
Un país cuya población envejece porque aumenta la esperanza de vida y disminuye la natalidad.
Un país cuya última generación aun abundante en individuos, hoy llamados "baby-boomers", está llegando a la jubilación y desesperando por quienes serán los encargados de sostener la economía que les permita jubilarse y vivir su ancianidad.
Un país que se abre a la inmigración de par en par porque su población no quiere perder el confort de una vida profesional, personal y libre para pasar a cambiar pañales y calentar biberones.... porque, vamos, no hablemos de lactancia materna, ¿quien tiene ganas para eso?
Los ancianos en este país tienen leyes que los protegen, políticas de salud orientadas específicamente a sus problemas, programas de salud mental, de protección contra el maltrato, de vivienda en Centros de Alojamiento de Larga Duración y una larga lista de etcéteras. Aun hay cosas que arreglar, claro, nada es perfecto, pero la conciencia social acerca de los ancianos, de la edad de oro, de la calidad de vida, del ahorro para la época de retiro, etc, está presente hasta en la publicidad visible en televisión. Y sin embargo...
La misma vida moderna e independiente hace que sea lastimeramente frecuente, tanto en hospitales como en centros de alojamiento, la presencia de ancianos y ancianas a quienes pocos o nadie visitan.
En el hospital, esto se traduce por la existencia y sostén de unidades especiales donde se mantiene a los pacientes ingresados mientras esperan conseguir un lugar en una residencia de ancianos o en un centro de alojamiento de larga duración. 
Estas unidades están pobladas de pacientes con males crónicos de todo tipo, somáticos y mentales. Y no es raro verlos deambular con la mirada perdida, vidriosa, buscando algo, alguien, un lugar, un recuerdo de algo que solamente ellos ven y que no está allí.
Ante esto, es difícil no imaginarse el propio futuro, lo que nos esperaría cuando nuestros pichones salgan a volar y quedemos nosotros a remendar de pajuelas el nido vacío. 
En mi país, la costumbre era que las familias se ocupen de sus ancianos, pero he visto todo tipo de maltratos por el camino.
Aquí, la costumbre es dejárselos al Estado, y es el trato institucional a un "paciente" el que reemplaza a la familia ausente, por eso mismo ausente de cariño, de calidez en muchos casos.
No tengo respuestas porque ni siquiera me planteo preguntas. Este post es solamente una larga reflexión acerca de lo que implica envejecer en un país donde la soledad es la recompensa obtenida tras buscar la libertad social y económica. Y donde la esperanza de vida se traduce en muchos casos en desesperanza y frialdad.

3 comentarios:

Marvis dijo...

Triste Realidad :( y cuesta trabajo asimilar que algún día estaremos allí.

winnybeth dijo...

oh por Dios, qué triste, eso me hace dudar porque al final de mis días lo peor que me puede pasar es quedarme sola. Pero igual hasta para eso hay que prepararse.
Saludos.

Y por cierto, qué buena reflexión.

EHG dijo...

Qué dura reflexión, pero qué cierta. Ambas realidades me tocan el alma, porque despiertan en mí tantos pensamientos, los inmigrantes dejamos atrás a nuestros padres y por una parte quisiéramos seguir con ellos, pero por la otra hemos decidido seguir un sueño. Yo me pregunto no sólo cómo estaré yo cuando me toque enfrentarme a esa situación, sino cómo estarán mis padres en unos años y lo difícil que será decidir que hacer por ellos.

Nos estamos viendo!

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