... y reinventarse en Sherbrooke

miércoles, 22 de agosto de 2007

Morir un poco, renacer de a poco...

Paseando entre blogs de diversos orígenes, es frecuente ver fotografías, imágenes que pueden tener significado o evocaciones diferentes para quien lo "posteó" (si vale el término) que para quien lee o contempla la imagen.
Personalmente, resulta en un tipo de evasión que me transporta por diferentes tonalidades de sensaciones y pensamientos, desde el relax suave y adormilado de un paisaje de montañas nubosas y coníferas reflejadas en un prístino lago, hasta una taquicárdica sensación de guerrera recién despertada por una marcha de protesta ciudadana, pasando por filosófica, contemplativa y miles de matices más.
Luego vuelvo a la realidad y no puedo menos que recordar las imágenes ante ciertos eventos diarios de la vida.
Es así que en estos días estuve viendo en un blog la clásica imagen de la hoja de arce seca y caída sobre las calmas aguas de un lago. Luego otra imagen de follajes con rojos fulgurantes de variadas graduaciones, fuego otoñal decorando un paisaje arbolado.
Entonces me dije: el migrar ¿no es ser un poco como la hoja de arce?
Caer seca, estrujada, agotada, dando los últimos colores y sustancias antes de desaparecer bajo la impotencia de no poder luchar contra el inexorable paso del riguroso invierno de la corrupción y desmedida ambición generalizadas, pero resurgir en la primavera de la esperanza, creciendo lenta y nuevamente con la savia rejuvenecida que heredarán las generaciones siguientes.
Morir un poco, sólo un poco, sólo la parte más desgastada, más desesperanzada, más triste y acogotada.
Morir a las viejas costumbres de aguantarse la rabia ante los abusos de poder, de tragar en seco y apretar el bolso ante el susto de un joven caminando a pasos raudos atrás nuestro, morir a todo aquello que también quiero que muera en mí (eso me hizo sentir bien y suspirar profundamente).
Y luego renacer de a poco, conociendo y adaptándose a las costumbres y usos, a los festivales, a la música, al clima, al permanecer activo aunque el frío congele hasta los pensamientos, acostumbrarse a confiar un poco más (aunque no demasiado, nunca se sabe...).
Pero ocurre también que migrar es morir un poco más: dejar de luchar, capitular las banderas, abandonar el barco dejando abordo gente querida aún dispuesta a luchar a sabiendas que llevan las de perder, dejar los frutos del esfuerzo que pusimos día tras día de nuestra vida y llevar consigo el resultado de una educación profesional conseguida a costa del esfuerzo propio y de otros: familia y coterráneos que tributan honestamente al estado con la esperanza de recibir el beneficio del servicio de recursos humanos capacitados y de calidad, gente toda que si pudiera, si tuviera los medios económicos con los que cuento gracias a mi profesión, quizás también se iría. O quizás no. Quizás se quedaría igual a luchar para que, aunque sea después de 5 generaciones, se alcance el cambio real, no de discurso sino de actitud y de acciones en todos los niveles de la vida civil.
Hoy mi conciencia me está matando, me grita, me tortura. Escucho "Canto de mi selva" en versión de la Sinfónica y me asaltan los deseos de llorar.
Hoy estoy un paso más cerca de migrar. Enviamos los exámenes médicos y siento que estoy muriendo un poco...
¡Querida Patria mía, perdóname!. Ya he hecho mi elección... y elegí irme.

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